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Divagues sobre una Crisis Existencial

27/08/2009 | "Entre la posibilidad de escribir y la obligación de hacerlo"- Un ensayo del Periodísta-Escritor Germán Uriarte



Foto Ensayo

PortalBA.- Tengo un problema: estoy en crisis. No una crisis existencial ni amorosa. Tengo una crisis creativa. Hace días que no me asaltan a mano armada más de tres oraciones con cierta dosis de coherencia que potencien una sintaxis ameritadora de un movimiento por reflejo del sistema motriz. No pido mucho, aunque sea un leve levantamiento de cejas. Ni pronunciado. Pero ni eso. Lo dicho: una crisis.

Un estado que mientras más me giro para observarlo, entiendo que supera lo creativo y se codea con lo existencial, porque de esto depende mi permanencia acá, en esta sección, de que escriba. O sea, la ecuación es simple: si no escribo, no tengo argumentos para flotar en este lugar y cobrar por ello.

Cabe aclarar también, que no escribo por plata, lo hago por placer. Lo primero en este caso llegó segundo, la plata digo. Pero tampoco me gusta andar renegando de las cosas que vienen sin que las llamen, porque la vida está hecha de eso, de las cosas que llegan sin que uno les diga cuando tienen que hacerlo. Bienvenidas sean.

Claro que hay más cosas de las que está hecha la vida. No sé, supongo del amor y la familia –por decir lo primero que se me viene a la cabeza-, también de los amigos y el cable, creo. Aunque eso es muy relativo, porque lo que puede formar parte de una vida para uno, no puede formar parte de la vida para otro. Eso es algo a tener en cuenta y no es menor.

Por ejemplo, hoy en el subte, un nene de 8 años llevaba en brazos a una nena de 2  –a todo trapo- y mientras el niño rapeaba un monólogo que giraba en torno a estas tres variables: “moneda”, “comer”, “gracias”,  yo me puse a pensar en que expectativa de vida les estamos dejando a chicos como ellos cuyo futuro más cercano es el próximo vagón y –a todo trapo- la próxima estación.

La próxima estación era Puán. Por si me olvidé el detalle estaba en la línea A. Puán es Caballito, al menos a la altura de Rivadavia. Así que la puerta se abrió, yo salí junto a una turba de personas y el pibe aprovecho el break para meterse en el próximo vagón. Yo  me quedé unos instantes más de lo que tarda la media anual de gente, mirando las escaleras hacia una de las bocacalles, tratando de dilucidar que opción era más conveniente para salir a la superficie. Elegí la mecánica. La opción por la que se inclina la media anual.  

Vuelta a la jungla de cemento, mientras esperaba el rojo del semáforo, pensé que de esas cosas también estaba hecha la vida, de estadísticas y de bloquear sensibilidades. Después me dije que lo primero podría ser, pero lo segundo era netamente de Buenos Aires. Lo de bloquear sensibilidades, digo. Lo peor es acostumbrarse.

Caminé por Puán hasta la facultad de Filosofía y Letras. Ingresé. Cursé con distintos grados de intermitencias a la hora de escuchar lo que dice ese hombre que se para en frente del resto. Estaba en el piso porque el aula estaba superpoblada. Cada cierto lapso de tiempo me asaltaban diversos flashbacks con la imagen de esos pibes en el subte y con una escena del final de la nueva película de Campanella, “El secreto de sus ojos”. La había visto ayer y el fenómeno que experimentaba ahora, me trajo a colación los momentos pasados que nos asaltan de forma inesperada la parsimonia de un presente cualquiera. Intente llegar a una conclusión sobre eso ¿Qué clase de caprichos del causa y efecto hacen que se sucedan con cierta frecuencia este tipo de manifestaciones? Una pregunta lacaniana que deje sin responder, pero rumié por dos horas. De eso también está hecha la vida. De preguntas sin responder, digo. Lacan es mas imprescindible.

Una vez terminada la clase, volví a sumergirme en el microclima del subte. Sonó mi celular. Hablé con alguien que quería hablar y fui testigo de la siguiente situación: Una mujer viaja a mi izquierda, como no hay asiento disponible, va parada. Debe acusar alrededor de 35 años –a todo trapo-. Es linda y va leyendo algo que parecía ser un trabajo práctico corregido. Lo supuse porque  las hojas estaban tachadas con lapicera verde y se guardaban compactas dentro de una carpeta de librería. Frente a mí, un hombre que debía rozar su edad viaja sentado. El tipo en cuestión es rubio y sufre –o disfruta- un prólogo de calvicie donde antes reinaba un jopo -la calvicie es opcional en términos de canalización-. Aún no se percata que la mujer quiere sentarse. Al llegar a Primera Junta cede su lugar. No a ella, sino a una persona mayor. Por el acto, la mujer de mi izquierda deja a entrever una leve sonrisa. El hombre la ve, achina los ojos y también sonríe aunque de forma menos natural. Luego pasan un par de estaciones donde ambos se disparan miradas y juegan a que no se ven. Miran sin verse. Yo estoy en el medio. Sobre Loria, dos asientos se desocupan y ambos se reclinan sobre ellos. Se vuelven a mirar. Él comete una torpeza que se podría traducir en nervios de la urgencia de apelar a la inventiva de decir algo justo en el momento justo. Ella lo disculpa. La historia queda en stand by para mí, que tengo que bajar en Plaza Miserere. El tipo tendría como mucho, siete estaciones más para encontrar esa precisión.

Sobre Rivadavia pero al 2800, camino a casa, pensé que la vida también estaba hecha de esas cuestiones, de las cosas que no sabemos cómo van a terminar, de misterio, de situaciones que son irrepetibles pero que en el momento no nos percatamos de ello y de personas que no sabemos cuándo nos vamos a volver a cruzar. 
Volví a mi casa, abrí la puerta del departamento, cené algo apurado y de reojo pispié la hora en el celular: 23.00. Prendí la tele y volví a plantearme el problema del principio. Tengo que escribir algo y no sé qué. Me bañé. No sé por qué imagine que el agua iba a despertar algunas de mis neuronas dormidas. No fue así. Me sequé, un tanto desilusionado por cierto.

Coqueteé entonces, con la idea de llamar al director de este portal y pedirle una amnistía frente a mi acefalia creativa. Supuse que se iba a apiadar. Lo sigo suponiendo porque no lo hice. No lo llamé. Miré tele, me gusta el unitario del 13, “Tratame Bien”. Encima ahora se sumó Luppi. Que actorazo, pensé y mientras mangrullaba el último renglón de Coca, vi sobre uno de los estantes de algo que improvisa ser una biblioteca, “El paisaje en las nubes”, algo así como un compendio de crónicas de Roberto Arlt. Leí un poco de eso. Este tipo sacaba notas de cualquier lado, pensé. Pero Arlt es Arlt y yo soy yo. Entonces me harté, encendí la notebook y empecé una nota que si mal no recuerdo comenzaba de esta manera: “Tengo un problema: estoy en crisis. No una crisis existencial ni amorosa. Tengo una crisis creativa”. Total de estos estados también está hecha la vida. Se finí.
   
Por: Germán Uriarte


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